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martes, 10 de agosto de 2010

Los dentistas atribuyen a la dieta el aumento de caries graves en los niños

María es una experimentada paciente de dentista, aunque tiene 7 años. Su comportamiento en la consulta odontológica es inusual entre las personas de su edad. Le avala una larga trayectoria: ocupa el sillón abatible desde hace cuatro años. 


Su control del miedo a la minitaladradora electrónica es una excepción en el creciente colectivo infantil que se ve obligado a ir al dentista porque las caries le han arrasado molares, premolares e incluso las piezas frontales. Ella toma asiento y, tras ser pinchada suavemente en la encía para anestesiarle la mandíbula, es capaz de permanecer quietecita, "como una señora", según su dentista, durante los 20 o 30 minutos que dura la reparación de la pieza del día. Es un caso atípico.


"A esas edades, un tratamiento odontológico es una misión casi imposible, salvo si se induce al niño a una anestesia de cuerpo entero, porque solo con la sedación local de la boca no se quedan quietos", explica la doctora Sandra Pereyra, dentista de María. Sedar por completo a un niño implica actuar en un quirófano –no en la consulta del dentista– y exige la participación de un anestesista, además del odontopediatra. El factor de la imprescindible quietud mientras se interviene no es un asunto menor si, como sucede a María, la paciente acumula caries en hasta 6 de las 20 piezas dentales que ocupan la boca de un niño.
ES UNA ENFERMEDAD / La consulta de la doctora Pereyra, y la del resto de sus colegas, atiende profundas caries dentales en niños cada vez más pequeños. «He tratado caries enormes, como nunca, en niños de apenas 2 años», explica. A esa edad, añade, la boca no debería estar enferma. "Porque la caries es una enfermedad, aunque esté aceptada como una situación normal de la boca", dice la odontóloga. Y, mal tratada, puede causar la pérdida de la pieza dental.
La corta trayectoria vital de estos pacientes y lo exagerado de las destrucciones dentarias que atienden han llevado a algunos especialistas a investigar el fenómeno. Orientan su búsqueda hacia el estilo alimenticio que predomina en la mayoría de domicilios jóvenes. La dieta infantil, han observado, es excesivamente dulce, contiene demasiados hidratos de carbono refinados y se ha eliminado de ella la exigencia de masticarla. Nada de pastas y arroces integrales, que pueden ser más duros. «Todo se les ofrece triturado, porque los padres no tienen tiempo para dedicarlo a la demoradora forma de masticar de muchos niños» explica Pereyra. «En cambio –añade– si les das zanahorias, patatas y pollo triturados, se lo tragan con cuatro cucharadas". Las muelas no se utilizan.
PEGAJOSOS / También han observado que los niños toman alimentos demasiado blandos y pegajosos, factores que, unidos al de la trituración, desvirtúan la misión fisiológica de los dientes. "La dentadura humana está diseñada para cortar, desgarrar y triturar, y si no hace las tres cosas pierde su función", indica la especialista, que insiste en la importancia de dar a los niños manzanas, bistecs, zanahorias, melocotones, pepinos, y toda la dieta, cortados en trozos que obliguen a invertir una cierta fuerza para masticarlos. Ese esfuerzo, explica, permite que los dientes cumplan con su razón de ser y favorece la limpieza natural de la boca.
El exceso de azúcares no solo afecta a los niños. "Según los manuales de antropología alimentaria, en el siglo XII los españoles consumían 12 gramos de azúcar diarios; en el XIX, tomaban 25 y ahora se superan los 100 gramos", explica la dentista. Si a eso se suma el exceso de harinas refinadas que, como el azúcar, solo aportan calorías y apenas nutren, el resultado es una desmineralización progresiva de los tejidos duros del diente, añade. Los dientes con caries pierden el esmalte, su primera capa protectora, y tras ella desaparece la más profunda: la dentina. "Si la caries no se elimina, el proceso llega a destruir la pulpa, el tejido blando del diente, y la pieza queda sin sostén", resume la odontóloga.
Fuente: ElPeriodico.es
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